Como filólogo, soy un firme enamorado de la palabra. La palabra construye, recrea, expresa y, lo más importante, compromete nuestra existencia, refleja nuestra máximas vitales y nuestros sueños. Sin duda alguna, la palabra es el medio en el que los seres humanos nos encontramos y desde el que avanzamos. No en vano, Luis García Montero en “Lecciones de poesía para niños inquietos” afirma que la sociedad tiene muchos rincones y el lenguaje, la palabra, llega a todos; sirve para que la gente se entienda en una biblioteca, en un laboratorio, en un mercado o en una cueva de ladrones. En definitiva, la palabra construye el diálogo, y el diálogo nos construye como personas y configura nuestro alrededor. Creer que diálogo y educación son términos lejanos es como pensar que casa y puerta son dos términos condenados a no encontrarse. Y, desde este convencimiento, he iniciado un camino hacia el modelo dialógico, como Dorothy inició el camino hacia Oz, con la profunda intención de volver...