Y porque estoy vivo... Camino.


Como filólogo, soy un firme enamorado de la palabra. La palabra construye, recrea, expresa y, lo más importante, compromete nuestra existencia, refleja nuestra máximas vitales y nuestros sueños.
Sin duda alguna, la palabra es el medio en el que los seres humanos nos encontramos y desde el que avanzamos. No en vano, Luis García Montero en “Lecciones de poesía para niños inquietos” afirma que la sociedad tiene muchos rincones y el lenguaje, la palabra, llega a todos; sirve para que la gente se entienda en una biblioteca, en un laboratorio, en un mercado o en una cueva de ladrones.
En definitiva, la palabra construye el diálogo, y el diálogo nos construye como personas y configura nuestro alrededor. Creer que diálogo y educación son términos lejanos es como pensar que casa y puerta son dos términos condenados a no encontrarse.
Y, desde este convencimiento, he iniciado un camino hacia el modelo dialógico, como Dorothy inició el camino hacia Oz, con la profunda intención de volver a casa; y mi casa, educativamente hablando, es ese espacio en el que, como docente, siento que recupero el sueño inicial con el que comencé a ser profesor.
En mi acercamiento al primer bloque del curso “Convivencia escolar, prevención e intervención”: Participación, convivencia y aprendizaje; me he sentido tan ilusionado como desconcertado, tan fortalecido como cuestionado. Intentaré explicar estos sentimientos.
Sin duda, soy de esos docentes que cree que el sistema educativo sigue construyéndose y que soy responsable de eso. Igualmente, creo, soy de esos docentes que intenta aterrizar todo lo que recibo, intentado conciliar siempre conceptos como trabajo, vocación y horario (si es que en educación se puede hablar de horario, pese a que haya gente que nos achaque jornadas de 18 horas, pero este es otro tema). En mi recorrido como docente, en los diferentes centros en los que he dado clase desde que empecé: centros de otras comunidades autónomas, centros públicos y concertados, muy grandes, grandes y pequeños, rurales y urbanos, en entornos de clase media, alta y baja… En definitiva, un abanico amplio de la realidad educativa española, en el que he desarrollado mi trabajo y he crecido como docente. En este recorrido, han ido apareciendo conceptos como competencia, autoridad, liderazgo, referentes que se han configurado en el fracaso y en el éxito. Siento que necesito avanzar más como docente (de ahí mi presencia en este curso), siento que no he experimentado y no está dicha la última palabra en mi labor.
Así, he ido descubriendo e incorporando elementos del aprendizaje cooperativo, del bilingüismo, de la atención a la diversidad… elementos que, a modo de ensayo - error, se han ido incorporando y descartando.
Así, ahora me encuentro con el concepto de modelo educativo, de participación familiar, de agrupamientos que cuestionan lo que hago y lo que vivo. Se despiertan en torno a mí varias reacciones:
- La primera de ellas es constatar que la intuición de un modelo dialógico, y de una participación evaluativa de las familias es una realidad que, de diversa manera, he ido viviendo en algunos centros. Pongo dos ejemplos de ello. El primero, y no pretendo entrar en otras cuestiones que diluyen el argumento, es la experiencia vivida en un colegio concertado. Sin duda, la implicación de las familias como la importancia de su opinión suponía un freno a muchas iniciativas del profesorado exclusivamente, pero, igualmente, dotaba al centro de identidad. El centro tenía una identidad y un proyecto que nacía de toda la comunidad educativa. Sin embargo, en algunos momentos este mismo proyecto se convertía en algo tirano hacia la labor educativa (no eran todo aciertos).
El segundo ejemplo, los centros de entornos rurales viven una realidad de convivencia y de implicación de toda la comunidad educativa mucho más real que los centros urbanos. Sin duda, ellos han dado un paso que otros centros todavía intuyen que han de dar, que la educación (el IES, en mi caso) forme parte de la cotidianidad de las familias, y esta cotidianidad forme parte, a su vez, de la vida del centro.
En conclusión, estamos hablando de algo que está funcionando en centros cercanos y en los que he vivido mi labor docente.
- En segundo lugar, me cuestiono si realmente es posible el modelo que se plantea. ¿Estamos preparados? ¿Nuestra sociedad está preparada? ¿Culturalmente sabremos integrarlo? Y encuentro demasiados condicionantes. Sin duda, creo, nos queda un camino largo por recorrer, ensayos y aciertos, y apuesta por ello, no solo docente sino institucional. Quizá sería más una condena si no formáramos a las familias, un fracaso si no formáramos al profesorado, una mentira y un postureo si el estado no apuesta por la educación como algo central de nuestra sociedad.
- En tercer lugar, reconozco la realidad de grupos heterogéneos como el único camino para no crear una sociedad tirana. Para aprender a vivir desde la diversidad. Hoy somos víctimas de un sistema educativo que alimenta agrupaciones homogéneas, pero que presume de responder así a la diversidad.
- Finalmente, y ligado a una apuesta estatal por la educación. No puede recaer en un tiempo ilimitado, un esfuerzo ilimitado y un ninguneo de la vida personal de los docentes. Ser profesor es mi vocación, pero también es mi trabajo. Soy, por vocación, marido, padre, amigo, hermano, profesor… Si alguna de ellas anulara a las otras dejaría de ser yo, al mismo tiempo que vería mermado su propio desarrollo. ¿Cómo conseguir avanzar desde el realismo y el respeto a la vida personal del profesorado?
Se despiertan inquietudes y sueños, aparecen miedos y análisis de la realidad. Veo mi centro y reconozco posibilidades y fortalezas, veo posibilidades de cambio y dificultades. Me miro y me pregunto: ¿estás muerto?; por supuesto me respondo: NO. Así llego a una conclusión: No me queda otra, hay que CAMINAR. Y aquí estoy.

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